30/05/10

Scratch

Scratch.- Es un anglicismo que significa literalmente rayar o arañar. Tiene distintos significados según el ámbito en el que se aplique.


Menuda manera de darle significado a esta palabra la cual es la que mejor describe el cómo me sentí cuando yo no contaba con la visita de Melissa. Ya saben, antes era mi amante, y ahora que nos volvimos a encontrar resulta un mal tercio.

Fue uno de esos errores en mi vida ocurrido hace seis meses, cuando comenzaba una relación con quien ahora es mi novia, Emma. Ella es alta, de piel blanca y nalgona. No tiene muchos pechos, pero se compensa con su bonita cara y su manera de coquetear. Nada comparada con Melissa, de quién he llegado a aborrecerla.

Cuando conocí a Melissa en ese entonces solo tenía una relación tonta e ilusa llena de mensajitos cursis y regalos bobos por parte de Emma. Yo buscaba chicas con quien revolcarme en la cama o en el suelo o donde se dejasen. Una vez lo hice en el armario de la casa de un amigo y otra ocasión en el transporte público. Me prende meterles el dedo a las mujeres en lugares públicos aunque ellas no me paguen el favor. Introducir mi índice y comenzar a sentir sus líquidos, su sudor, su mugre y excitación; sus ganas de cojer y venirse en el menor tiempo posible. Luego el pulgar y después el dedo de en medio. Juguetear con su clítoris y si es posible estrujarle una teta. Verlas gozar y morderse los labios. Verlas cerrar sus ojos e imaginar que alguien está metido en aquello que tanto anhelan pero que nunca se atreven a decirlo. Misoginia.

Era todo perfecto, nada de compromiso, solo sexo rápido y placentero. Me iba de juerga con mis entonces amigos de temporada. Bebíamos, fumábamos hierba y ligábamos chicas fáciles. Les invitábamos cervezas y hablábamos de cualquier putería. Melissa fue una de esas chicas fáciles con quien entablé conversación rápidamente y después coqueteamos. Hablamos de trivialidades hasta esperar que alguno de los dos diera el siguiente paso. No preguntamos sobre nuestras familias, amigos u ocupaciones. Nada que pudiese localizarnos después. Sólo eran pláticas vacías que no recordaríamos. Cojer, sexo, alcohol, excesos, tabaco, lujuria. Todo lo que nos mantenga en un estado de sabiduría según el buen William Blake. Creo que en algún momento de la vida en todas las personas ocurre lo mismo.

Pero esto se echaba a perder cuando regresaba a la realidad al momento de recibir mensajes de Emma con sus deseos de buenas noches y agradecimientos por otro día más conmigo. Que puta locura. Recuerdo que el día que estaba con Melissa en ese bar de mala muerte llamado “La Cabaña”, acababa de enviarle un mensaje por teléfono móvil a Emma diciéndole lo mucho que la extrañaba y quería. Siempre le escribía que esperaba verla al día siguiente para salir a tomar un helado o cualquier otra cursilería que me aparta de los malos pensamientos. Siempre es ella quien decide lo que hacemos con nuestro tiempo juntos.

Minutos después ella me contestó el mensaje diciéndome que me quería mucho y que también me extrañaba. Cuando terminé de leer su mensaje le di un último trago a mi cerveza y miré directamente a los ojos a Melissa.

-¿Tu novia?

-No- contesté- Solo una amiga.

Trabalenguas. Nos miramos sin atrevernos a hacer lo que sabíamos que no debíamos hacer.

-¿Y tu novio?- le pregunté.

-No tengo- dijo ella. Seguramente me mentía para poder liarse conmigo. Pero no quise interrogarla más. Yo también la deseaba.

En la jukebox sonaba una canción de los Creedence y ella comenzó a mover sus caderas sobre la silla. Se veía deseosa de enrollarse y amanecer lejos de su vida.

Le dije algo sin importancia y ella no me escuchó. Miré su reacción y se acercó más para entender lo que decía. La música sonaba fuertísima y lo peor es que era una jodida canción ochentera que hacia mover su pie al ritmo de la estúpida batería. Me tomó del hombro, se inclinó y colocó su oreja junto a mi boca. Claro que sino fuese por la cerveza y los tantos cigarros que me había fumado, hubiese controlado mis impulsos, pero no resistí más y en vez de decirle algo preferí sacar mi lengua y lamer su oreja y parte de su cachete. Ella se quedó quieta mientras la emoción aumentaba en nosotros. La sangre hervía a cada segundo y ella me tomó como una victima más de sus agresivos labios.

Una corriente bajó por toda mi espalda. Es lo que me sucede cuando beso a una chica por primera vez. Sus besos fueron suaves y a la vez candentes. Ella metía su lengua y recorría la parte interna de mi boca. Yo hacía lo mismo y también rozaba mi mano junto a sus pechos. Estaban de tamaño mediano y parecían estar separados un poco, como si una de sus tetas estuviese enojada con la otra. Ja.

Nos abrazamos y nos miramos, volvimos a besarnos y yo comencé a pensar en Emma como algo serio. Quizá lo que necesitaba era una relación formal con alguna chica bonita. Ya podría decir basta a todos mis excesos y recibir un poco de amor verdadero.

-Vámonos de aquí- dijo Melissa.

Yo asentí ebrio y muy estúpido por sus besos y por esa maldita cerveza clara que nunca termina de gustarme. Saqué un billete y le pagué al bar tender. Él me sonrió y se quedó con el cambio. Su mirada me dio a entender que también se la había tirado unas cuantas veces antes que yo.

Salimos del lugar sin mis amigos y sus respectivos ligues. Nos encaminamos a un hotel el cual yo no conocía. Llegamos a la entrada y Melissa parecía conocer el lugar a la perfección. Pidió una habitación mientras me abrazaba y besaba por toda la cara. Se pegó mucho a mí y tenía la mirada perdida, como si ella no quisiese ver fijamente lo que estaba haciendo conmigo. Pinche vieja puta.

Pagué la habitación sencilla y entramos. Ella se fue directa a la cama y comenzó a desnudarse. Yo me dirigí al baño a mear y después encendí un cigarrillo mientras me miraba al espejo. Me veía mal. Con el cabello revuelto y los ojos rojos. Ahí estaba yo ebrio y fumando como locomotora, con una hembra en celo en la cama. Emma no merecía esto y aún era tiempo de dar marcha atrás.

“No has hecho nada aún. Es tiempo de salir por esa puerta” pensé.

-¡Me duermo!- gritó Melissa ebria.

Salí del baño con mi cigarro y me senté en la orilla de la cama. Todo estaba a oscuras pero sabía que ella me esperaba desnuda bajo las sabanas. Seguramente se hacía un dedo para mojarse y estar lista para mí.

“Dile que no te sientes bien y sal por esa puerta. No tienes porque hacer esto” seguían mis pensamientos.

-¿Qué pasa?- preguntó ella -¿Por qué no vienes a acostarte?

-No me siento bien- respondí.

Melissa se levantó y me abrazó por detrás. Apestaba a cigarro al igual que yo y comenzó a besarme el cuello y a toquetearme por todo mi cuerpo.

-Espera- dije.

Ella no hizo caso y siguió con sus lamidas y mordidas y besos perdidos. Acarició mi miembro por encima de mi pantalón y comenzó a gemir como una perra en celo. ¡Joder! Lo que mas me calienta de una mujer son sus gemidos. Es el lenguaje del placer, el camino hacía el cielo lujurioso.

-Anda, ven y cójeme como la puta que soy.

“Sí, eso es lo que eres, una puta caliente” pensé.

Di media vuelta y la vi desnuda. No se veía tan buena como en el bar, pero era una hembra. La acosté y abrí sus piernas. Chupé su vagina rasurada. Ella se estremeció y yo seguí con mi trabajo. Introduje mi lengua hasta donde alcanzaba y mordisquee su clítoris. Comencé a sentirme mareado y no me importó, era lo que buscaba y lo conseguí. Le agarre una teta y la apreté con fuerza. Tomé su erecto pezón y lo pellizqué a cada oportunidad.

Y mientras mi lengua jugaba con su botón mágico, introduje uno, dos y después tres dedos en su interior. Movía y exploraba sus paredes. Me enojé por lo que hacía y quise meterle el puño entero, pero no me atreví.

Melissa gemía de placer y aquella vagina parecía una cascada de fluidos.

-¿Te gusta verdad perra?

-¡Oh sí! ¡Sí!- exclamó ella con los ojos cerrados.

Aborrecí sus expresiones y me desquité con ella. Me subí encima y le mostré mi miembro erecto.

-Chúpalo- ordené.

Ella lo tomó con sus manos y se lo llevó a la boca de manera torpe. Pensé que quizá le daba asco y por eso mismo daba su inexperiencia. Eso me gustó porque entonces no disfrutaría de este engaño. Y mientras mis dedos seguían en su sexo y lo hacía cada vez más rápido.

Estuvimos un par de minutos hasta que ella, cansada de chuparme, me pidió que la penetrara.

-Muy bien, ponte encima de mí.

Melissa pareció no gustarle la idea y accedió de mala gana. Yo me acosté y dejé que ella hiciera todo el trabajo. Se metió mi miembro en su vagina y comenzó lentamente a subir y a bajar. Yo solo veía sus gestos y luego vi sus tetas que me invitaban a ser chupadas y succionadas.

-Así mi amor. Chúpalas… son todas tuyas.

Me harté por lo que hacia y me dejé llevar. Dejé de pensar en Emma y me concentré en darle una buena cojida a Melissa.

La volví a acostar y nuevamente encima de ella se la metí de un solo golpe. Pareció dolerle pero contrario a eso lo gozaba. Aumenté mis embestidas cada vez más fuertes y rápidas.

-¡Ah! ¡Oh! ¡Sí!- gritaba Melissa mientras me rodeaba con sus piernas y me atrapaba para no soltarme. Alguien de los cuartos contiguos debió escucharla gemir y tenerle un poco de envidia.

Luego sentí que ya me venía y se lo dije. Ella me apretó más con sus piernas y me dijo que la llenara por dentro. Estaba tan caliente que no me importó y descargué todo mi semen dentro de ella.

Nos quedamos quietos un rato. Yo encima de ella aún con mi miembro semi-erecto y volví a acordarme de Emma. La cruda moral comenzó a subir por mis talones.

Me separé de ella y me fui a bañar. Melissa no dijo nada y se acomodó para dormirse. Cuando salí de la regadera la vi acostada desnuda. Se veía tan frágil. No me importó haberla usado como un objeto, seguramente ella también me usó de la misma manera. Encendí otro cigarro y observé por la ventana entrar y salir parejas. Nadie podría traer a una novia a este lugar, son habitaciones para la infidelidad, donde todo lo que sucede dentro de ellas se queda en la memoria de las paredes. Nadie más se entera de los hechos buenos o malos que ocurran en su interior.

Terminé mi cigarrillo y me acosté junto a ella; la abracé. Esa noche volvimos a cojer con menos intensidad y pasión y al día siguiente ella fue la primera en abandonar la habitación sin despedirse.

No hubo algún número para llamarnos, ni algún dato de interés sobre nuestras vidas. A pesar de pasar una noche juntos, al día siguiente fuimos los mismos desconocidos.

Así es como lo dije en un principio, Melissa fue solo un error en mi vida. Un crimen que no debí cometer.

(continuará...)



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