12/05/10

Donde viven los monstruos

— ¡Deje en paz al pobre chamaco!— le grité al vendedor de relojes robados.

Ya lo había visto la semana pasada, jalando de los cabellos a su hijo Miguelito mientras le gritaba que se estuviese en paz. Lo zangoloteaba del brazo y una vez le dio una bofetada.

Cada día que regresaba de visitar a mi novia y pasaba sobre la calle Madero, que es donde vende su mercancía robada, era testigo de tal abuso y hoy decidí no permitirlo.

— A los niños no se les pega— le dije temerosamente al fornido vendedor.

— Es mi'jo y puedo tratarlo como se me pegue la gana. ¿O te vas a poner al brinco?

El señor estaba colérico y yo no dije nada, de haberlo hecho seguramente también me habría agarrado a golpes.

La dueña de la óptica Monarca que miraba desde su local al otro lado de la calle gritó: ¡Policía! Necesitamos un policía. Le están pegando a un niño.

— Usted cállese chinche vieja— le respondió el vendedor levantando el puño con rabia —. Es mi'jo y lo educo como quiera. Yo no les digo como le hagan con los suyos.

Miguelito lloraba silenciosamente mientras se limpiaba sus lágrimas con la manga de su suéter.

— Yo te voy a educar también a golpes, idiota.

El vendedor dio media vuelta y se encontró con los dos enormes taqueros que tienen su negocio cerca del metro Allende. El dueño de cincuenta años de edad le propinó un cabezazo en la nariz que lo mando directamente al suelo; su ayudante de treinta años comenzó a patearle las costillas y la cara.

— Eres muy hombre para meterte con un chamaco.

— Aparte de ladrón eres golpeador pero orita te bajamos lo gallito.

La dueña al otro lado se tapó la boca con una mano mientras miraba sorprendida y horrorizada la tremenda golpiza que le propinaban los dos gorilas. Yo di unos pasos hacia atrás sin saber como actuar. Pegarle a un niño me resulta imperdonable pero castigar de la misma manera a quien lo hace tampoco es convincente.

— Ya déjenlo, lo van a matar— gritó Miguelito tratando de defender a su papá.

Después de dos lo dejaron tirado, completamente lastimado. La cara del vendedor estaba cubierta de sangre y en su cuerpo se observaban moretones.

Los taqueros inconformes tomaron sus relojes y los arrojaron a la calle para ser aplastados por los vehículos que pasan por ahí diariamente.

Me agaché para auxiliarlo y cuando me miró se liberó de mí.

— Vete de aquí. Yo solo quiero ganarme la vida y educar a mi'jo. Ven Miguelito, ayúdale a tu maltrecho padre.

El chamaco lo levantó y después de ver que ya no tenían relojes que vender, se echaron a andar en dirección a Bellas Artes. En sus caras se veía la misma tristeza y derrota que veo reflejada en el rostro de cada persona que pasa.

Miré a mí alrededor y la dueña de la óptica ya no estaba; los transeúntes iban y venían sin prestar el menor interés de lo que acababa de suceder. Me sentí como un fantasma deambulando por las calles.

Di un suspiro y también abandoné el lugar. Jamás se apareció un policía.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Al final,sin saber si hiciste bien o mal...
:/